sábado, 9 de março de 2019

Mindfulness (Atenção Consciente)


Sherlock Holmes é um personagem encantador. Há gerações tem despertado a curiosidade e admiração de muitos leitores, além de inspirar adaptações em diversas outras mídias. Seria, porém, sua habilidade dedutiva, sua agudez mental, mera ficção? Segundo Maria Konnikova é possível de alguma maneira intuir o método de Holmes e, por meio de sua imitação, aprimorar nossa capacidade de raciocínio. Interessante, não? Quão longe pode o homem levar suas habilidades por meio de um rigoroso treinamento e uma severa disciplina? Compartilho com o leitor alguns aspectos deste método descrito em "¿Cómo pensar como Sherlock Holmes?" :

Los escalones del 221B de Baker Street. ¿Cuántos había? Esa es la pregunta que hace Holmes a Watson en «Escándalo en Bohemia», la pregunta que nunca he olvidado. En el fragmento que sigue el detective explica al doctor la diferencia entre ver y observar. Al principio Watson está confundido. Pero luego, de repente, todo le queda claro.

—Cuando le escucho explicar sus razonamientos —comenté —, todo me parece tan ridículamente simple que yo mismo podría haberlo hecho con facilidad. Y, sin embargo, siempre que le veo razonar me quedo perplejo hasta que me explica usted el proceso. A pesar de que considero que mis ojos ven tanto como los suyos.
—Desde luego —respondió, encendiendo un cigarrillo y dejándose caer en una butaca—. Usted ve, pero no observa. La diferencia es evidente. Por ejemplo, usted habrá visto muchas veces los escalones que llevan desde la entrada hasta esta habitación.
—Muchas veces.—¿Cuántas veces?
—Bueno, cientos de veces.
—¿Y cuántos escalones hay?
—¿Cuántos? No lo sé.
—¿Lo ve? No se ha fijado. Y eso que lo ha visto. A eso me refería. Ahora bien, yo sé que hay diecisiete escalones, porque no solo he visto, sino que he observado.

Cuando oí esta conversación por primera vez, en una de esas veladas al calor de la lumbre y envueltas en humo de pipa, me quedé impresionada. Intenté recordar con afán los escalones que había en nuestra casa (no tenía ni la menor idea), cuántos llevaban hasta la puerta principal (no lo podía recordar), cuántos hasta el sótano (¿diez?, ¿veinte? No sabría decirlo). Después, durante mucho tiempo, fui contando escalones y peldaños siempre que podía, guardando el número en mi memoria por si alguien me lo preguntara alguna vez. Holmes se habría sentido orgulloso de mí.

Naturalmente, enseguida me olvidaba de esos números que con tanta diligencia intentaba recordar y no me di cuenta hasta más adelante de que el hecho de haberme centrado tanto en memorizar quería decir que no había entendido nada. Mi empeño estaba condenado al fracaso desde el principio.

Lo que entonces no podía entender era que Holmes tenía una ventaja muy grande sobre mí. Durante la mayor parte de su vida había estado perfeccionando un método de interacción consciente con el mundo. ¿Los escalones de Baker Street? Una simple manera de hacer alarde de una habilidad que entonces le era tan natural que no le exigía ni pensar. Una manifestación trivial de un proceso que su mente siempre activa desplegaba de una manera habitual, casi inconsciente. Un truco que, si se quiere, carecía de verdadera importancia, pero con unas implicaciones muy profundas si nos paramos a considerar qué es lo que lo hacía posible. Un truco que me ha inspirado para escribir un libro en su honor.

La noción de mindfulness (término que en este libro se irá alternando con «atención consciente» o «conciencia plena») no tiene nada de nueva. Ya a finales del siglo XIX, William James, el padre de la psicología moderna, escribió que «la facultad de volver a encauzar la atención que divaga de una manera voluntaria y repetida es la raíz misma del juicio, el carácter y la voluntad... La educación que mejore esta facultad será la educación por excelencia». En el núcleo de esa facultad se halla la esencia misma de lo que se entiende por mindfulness. Y la educación que propone James es una educación que contempla la vida y el pensamiento con plena conciencia, con mindfulness.

En los años setenta, Ellen Langer demostró que esta atención consciente hace mucho más que mejorar «el juicio, el carácter y la voluntad». También puede hacer que personas de edad avanzada se sientan más jóvenes y actúen como tales, y hasta puede mejorar las funciones cognitivas y constantes vitales, como la tensión arterial. Estudios realizados en los últimos años han revelado que pensar en un estado meditativo (que, en el fondo, es ejercitarse en el control de la atención que constituye el núcleo del estado de mindfulness) aunque solo sea quince minutos al día puede hacer que la actividad de las regiones frontales del cerebro siga una pauta que se ha asociado a un estado emocional más positivo y centrado, y que contemplar escenas de la naturaleza, aunque sea por poco tiempo, mejora la agudeza mental, la creatividad y la productividad. También sabemos, sin ningún género de duda, que el cerebro humano no está hecho para la «multitarea», un modo de actuación que imposibilita la atención consciente. Cuando nos vemos obligados a atender varias cosas al mismo tiempo rendimos peor en todas, la memoria se reduce y el bienestar general se resiente de una manera palpable.

Pero, para Sherlock Holmes, la atención consciente solo es un primer paso. Es un medio para un fin de más alcance y mucho más práctico y gratificante. Holmes ejemplifica lo que James había prescrito: una educación centrada en mejorar la facultad de pensar de una manera consciente y de usarla para lograr más cosas, pensar mejor y decidir de una manera óptima. En su aplicación más amplia es una manera de mejorar la capacidad general de tomar decisiones y de formar juicios a partir del componente más básico de nuestra mente.

Lo que Holmes dice realmente a Watson cuando compara ver con observar es que no debe confundir la pasividad de la falta de atención con la participación activa de la atención consciente.
Vemos las cosas de manera automática: recibimos esos datos sensoriales sin ningún esfuerzo por nuestra parte, salvo el de abrir los ojos. Y vemos sin pensar, absorbiendo incontables elementos del mundo sin procesar necesariamente lo que puedan ser. Hasta puede que no seamos conscientes de haber visto algo que estaba justo frente a nosotros. Por contra, al observar nos vemos obligados a prestar atención. Debemos pasar de la absorción pasiva a la conciencia activa. Debemos participar. Y esto no solo se aplica a la vista: se aplica a todos los sentidos, a todos los datos sensoriales, a todos los pensamientos.

Es sorprendente lo poco conscientes que somos de nuestra mente. Pasamos por la vida sin ser conscientes de lo que nos perdemos, de lo poco que sabemos de nuestros procesos de pensamiento y de lo mejores quepodríamos ser si dedicáramos tiempo a entender y a reflexionar. Como Watson, subimos y bajamos los mismos escalones centenares y hasta miles de veces, muchas veces al día, y ni siquiera podemos recordar el más trivial de sus detalles (no me habría extrañado que Holmes hubiera preguntado por su color y que Watson tampoco hubiera sabido qué decir).

Y si no lo hacemos no es porque no podamos, sino porque no elegimos hacerlo. (...)

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