quarta-feira, 18 de novembro de 2020

La ira del Cordero

Em um dos trechos mais marcantes de Alba Triunfante, Monsenhor Masterman, indignado com a condenação de seu amigo - Frei Adrian - a morte por heresia, põe-se a queixar do sistema inquisitorial, afirmando o quão cruel e pouco cristão é tal instituição. O frade condenado protesta, saindo em defesa do sistema que o condenara, afirmando sua legitimidade sem, porém, abrir mão de sua inocência. Segue a transcrição desta obra, ficcional, todavia de rica inspiração teológica.

—¡Pero Cristo! —gritó—. ¡Jesucristo! ¿Podéis ni siquiera concebir la idea de que aquel dulcísimo Señor de todos nosotros tolere esas cosas ni por un instante? No puedo contestarle ahora, aunque estoy persuadido de que existe una contestación; pero ¿es concebible que Aquel que dijo «no luches con el mal», que Aquel que enmudecía ante sus asesinos?…

También el Padre Adrian se puso en pie. Centellaban sus ojos y estaba aún más pálido que antes. Comenzó a hablar en voz baja; pero fue elevándola hasta acabar casi a gritos, que resonaban en la reducida estancia.

—Sois vos quien deshonra a Nuestro Señor —dijo—. Sufrió Él ciertamente, como algún día veréis que sufrimos nosotros, los católicos… como habéis visto ya mil veces, si algo sabéis de lo pasado. Pero ¿es acaso esto lo único que Él representa?... ¿Es solo el Príncipe de los Mártires, la Suprema Víctima del Dolor, el silencioso Cordero de Dios? ¿No habéis oído hablar nunca de la ira del Cordero; de los ojos que despiden llamas; del cetro de hierro con que hace pedazos a los reyes de la Tierra?... El Cristo ante quien vos clamáis no es nada: no es más que un Hombre vencido, del cual se separa la Divinidad…, el Príncipe de los sentimentales y de aquella antigua y perniciosa religión que en otro tiempo se atrevió a darse a sí misma el nombre de cristianismo. Pero el Cristo que adoramos nosotros es más que esto: el eterno Verbo de Dios, el Caballero de la Blanca Cabalgadura que realiza y seguirá realizando sus conquistas… Monseñor, ¡os olvidáis de cuál es la Iglesia a que pertenecéis como sacerdote! Es la Iglesia de Aquel que rechazó los reinos de este mundo que le ofrecía Satán, que Él podía ganarlos por sí mismo. Esto ha hecho. ¡Cristo reina!... He aquí lo que habéis olvidado, Monseñor. Cristo no es ya una opinión o una teoría. Es un hecho. ¡Cristo reina! Él gobierna real y verdaderamente el mundo. Y ese mundo lo sabe.

Dejó de hablar un momento, temblando de cólera, y alzó después al cielo las manos.

—¡Despertad, Monseñor! ¡Despertad! Estáis soñando. Cristo es nuevamente, ahora, el Rey de los hombres…, no precisamente el de los devotos, cuyo entendimiento se inclina a lo religioso. Gobierna porque este es su derecho… Y el poder civil lo reconoce y apoya en lo secular, y la Iglesia en lo espiritual. ¿Que se me condena a mí a muerte? Pues bien, yo protesto de que no se me considere inocente; pero no de que el crimen de que se me acusa se castigue con la pérdida de la vida. Protesto; pero no me lamento, no me quejo. ¿Creéis que temo a la muerte?... ¿No está ella también en Sus manos?... Cristo reina, y todos lo sabemos. ¡Y también vos debéis saberlo!

Hasta el poder de sentir parecía haber abandonado al que escuchaba estas palabras… No veía ante él más que un rostro pálido, como en éxtasis, y unos ojos ardientes que le miraban con fijeza. No podía ya resistirse, rebelarse por más tiempo. Solo un gran esfuerzo impidió que se rindiera del todo. Algo enorme, inexplicable, parecía oprimirle, envolverle, amenazándole hasta con hacerle desaparecer. Tan terrible era la fuerza con que las palabras se dijeron que por un instante le pareció que surgía ante él la visión de lo que describían: una suprema y dominadora Figura, herida, en verdad, pero poderosa e imperativa en la plenitud de su fuerza: no ya el Cristo de la dulzura y de la muchedumbre, sino un Cristo que, revestido, al fin, de todo Su poder, reinaba; un Cordero que era, al mismo tiempo, un León; un Siervo que resultaba ser Señor de todo, y que, si defendía antes su derecho, mandaba ahora sin contradicción… 
- Pe. Robert Hugh Benson. Alba Triunfante; p. 134-135.

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