sábado, 12 de fevereiro de 2022

Fauna Egípicia


Outrora comentei sobre a forma como a evolução tecnológica gestara um ambiente artifical - o qual chamamos tecnosfera - distanciando-nos  do contato com a criação, quase que a velando, de tal modo que o que sabemos dela é tanto mais pelo relato de terceiros - a casta dos "especialistas" - que  por nossa experiência pessoal direta. Transcrevo a seguir um trecho do livro El Ladron de Tumbas de Antonio Cabanas, um romance histórico ambientado no Antigo Egito. Embora se trate em última instância de uma ficção, a descrição que faz o autor de Nemenhat e sua conexão com o ambiente e interação com os animais que nele habitam contrasta com a monotonia não muito biodersa dos ambientes em que vivemos...

El final del período de la inundación (Akhet) era el preferido de Nemenhat. Los días, menos calurosos, invitaban a disfrutar de todas las maravillas que el Valle regalaba magnánimo. Las aguas, que todo lo habían anegado, se retiraban ahora perezosas dejando multitud de charcas por doquier y una tierra negra que era una bendición para todos los habitantes; al haber sido fecundada por el limo. Las riberas bullían de vida, ya que todas las especies se beneficiaban de la crecida, que renovaba aquel valle por completo. Donde ahora había agua, en poco tiempo germinarían magníficas cosechas, motivo éste de eterna alabanza al dios Hapy

Nemenhat disfrutaba recorriendo las riberas y fundiéndose con el ancestral paisaje, que permanecía en comunión perfecta con la naturaleza desde tiempos remotos. Era la época preferida por los cazadores para capturar presas, puesto que el río se hallaba lleno de aves migratorias ante la proximidad del invierno; por eso era fácil verles tender sus redes para apresarlas. En Egipto había una gran afición por la caza; no sólo como fuente alimentaria, pues los egipcios eran grandes amantes de los animales y gustaban de domesticarlos. Por ello era común el capturar las presas vivas y luego venderlas en los mercados.

Con la llegada al poder de Ramsés III también había proliferado la aparición de grandes cazadores. Éstos habían sido organizados en grupos por el faraón con la misión de capturar animales para sacrificarlos a los dioses. Gacelas, antílopes y sobre todo oryx eran presas codiciadas por estos cazadores que no dudaban en adentrarse en el desierto en su persecución, desafiando grandes peligros. Porque, además de inofensivos animales, Egipto estaba poblado por especies peligrosas. Cuando se caminaba junto a las orillas del Nilo convenía ser precavido, puesto que los cocodrilos estaban permanentemente al acecho y era mejor mantenerse a una prudente distancia del agua para evitarlos. También los hipopótamos eran peligrosos, sobre todo para las frágiles barcas de los pescadores que, a veces, eran volcadas por estos animales muy proclives a volverse irritables, y que podían partir en dos a un hombre con sus mandíbulas.

Si se abandonaba los fértiles márgenes del Nilo y se adentraba en el desierto, otros muchos peligros amenazaban a los incautos. Allí abundaban los leones, que solían mantenerse alejados del hombre y de las zonas urbanas, los chacales y las hienas. Por si esto fuera poco, había tal cantidad de cobras, víboras o escorpiones, que podía parecer un milagro que las gentes del país pudieran sobrevivir a tanta amenaza. Sin embargo, todos convivían en una extraña armonía. Los habitantes de aquellas tierras sabían que todos los animales estaban allí con ellos, desde el principio, desde que los primeros dioses visitaron Kemet; por lo que llegaron a aceptarlos como parte consustancial del país. Y no sólo eso; fueron capaces de estudiar sus hábitos y costumbres, alabando las cualidades que cada cual tenía y acabando por hacerles formar parte de su iconografía sagrada, llegando a divinizarlos.

Eso no significaba que no hubiera que tomar precauciones, y por ello, Nemenhat caminaba siempre acompañado de su arco al que se había aficionado. Era un arco magnífico que él mismo se había fabricado tomando como referencia el utilizado por los arqueros reales. Como el muchacho disponía de pulso firme y una vista muy aguda, hacía puntería con gran facilidad y pronto se convirtió en un extraordinario tirador.

Después de pasear por los frondosos palmerales que rodeaban la ciudad, solía dirigirse a su lugar preferido; un altozano situado en los lindes del desierto, desde el que tenía buena vista. Desde allí veía a los pescadores compitiendo por la pesca, por la que a veces llegaban a pelearse, y a los cazadores que gritaban alborozados al atrapar los pájaros en sus redes; aquello le gustaba. Mirar el Valle sentado sobre las primeras arenas del desierto, creaba el más grandioso de los contrastes; y él sentía su poder. El desierto le atrapaba con su enigmática belleza, hasta el punto, de experimentar por él un extraño hechizo. [1]

[1] Antonio Cabanas. El Ladron de Tumbas; pág. 175-176.

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